EL GATO CON BOTAS Y LAS MONEDAS DE NUESTROS PADRES

 

Ocurrió hace un año, en un taller de inteligencia emocional. Hacíamos un interesante ejercicio por parejas, en que una de las partes preguntaba, casi sin dejar espacio a la otra para respirar: “¿Qué quieres?”.  El objetivo era llegar a una respuesta, en la que no interviniese la mente. Recuerdo perfectamente que el interrogatorio desembocó en: “Quiero ser el gato con botas y salvar montañas con mis botas de siete leguas”. Mi compañera obvió el tema de que estaba mezclando los cuentos de El Gato con Botas y Pulgarcito. Sonriendo, me dijo: “¿Quieres que te cuente el cuento del Gato con Botas?”. Yo respondí que sí consciente de que no recordaba muy bien la historia.

 

 

 

 

El Gato con Botas. Ilustraciones: Walter Crane

 

 

 

 

“Había una vez un molinero que tenía tres hijos, un molino, un asno y un gato. Los hijos tenían que trabajar en el molino. El asno tenía que traer el trigo y luego cargar la harina. El trabajo del gato era cazar ratones. Cuando el molinero murió, sus hijos se repartieron la herencia. El mayor se quedó con el molino, el mediano se quedó con el asno y el menor, con el gato, ya que no había nada más que heredar”.

 

Cuento popular 

 

 

 

 

 

 

 

De repente, sus palabras cobraron un especial sentido para mí. ¿Qué se escondía detrás de ese gato pulgoso, que había recibido como herencia? ¿Acaso no soy la del medio y el gato le corresponde al menor de la fratría? ¿Cuál era su valor intrínseco de este legado, más allá de su apariencia?  ¿Debía de lamentarme eternamente, porque mis hermanos habían recibido algo más valioso? ¿Y si pudiese tomar a ese gato entregado por mi padre y mi madre, con un hondo sentimiento de gratitud?   

 

 

 

 

Esta misma propuesta es la que hace Joan Garriga en el libro, “¿Dónde están las monedas de nuestros padres?”, una bonita fábula que habla de la importancia de tomar y agradecer nuestra verdad familiar. Este cuento nos invita a tomar las monedas que nos han sido dadas por ellos en el corazón, sin cuestionar su cantidad o su valor. En ese momento, me sentí enormemente agradecida por haber recibido un gato, que cuando se calza sus botas de siete leguas al más puro estilo Pulgarcito, puede sortear obstáculos insalvables y caminar por la vida sin miedo. Por fin, todo encajaba.  Acaricié las monedas, sentí su tacto en las manos, escuché su suave tintineo y observé fascinada la variedad de colores, texturas y brillos.   

 

 

 

 

¿Hay algún cuento o historia de tu infancia que tenga un especial significado para ti? ¿Alguna imagen empoderadora, que hubiese quedado grabada en tu retina? ¿Has probado alguna vez a cerrar los ojos y visualizarte calzando unas botas de siete leguas? ¿O quizás sosteniendo una varita mágica o vistiendo una capa de un color especial? ¿Qué tal unos chapines rojos o un traje de astronauta?  ¿Y si todo eso estuviese en las monedas de tus padres?

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