MESODA ERMANÁ Y EL TROMPETA DE TETUÁN

 

 

¿Recordáis a Reina Secri y a sus hijas Semita y Mesoda, llegadas a Lugo, desde Tetuán? ¿Recordáis los bautismos solemnes, en los que cambiaron sus nombres por Florentina, Teodora y Rita Manuela? ¿Cuál sería la razón de su extraño viaje?  

 

 

 

Pues bien, la pieza que faltaba para componer el puzzle, estaba también, en los libros de la Iglesia de San Pedro, en Lugo. 

 

 

 

En una de sus páginas, encontré por casualidad una anotación que hacía referencia al bautismo de una niña, a quien pusieron por nombre  María Isabel.  ¡Esa niña había nacido en Tetuán, un mes antes de la celebración del  bautismo! Era hija de Mesoda Ermaná Secri, natural de Tetuán, «hebrea de nación y profesión». Su padre era Rosendo Coll García, un soldado músico del regimiento de infantería Valencia, natural de Alcira. Maria Isabel era hija de la ocupación española de Tetuán. Mesoda y Rosendo se conocieron en esta ciudad africana. La niña que ahora bautizaban, era el fruto de sus «amores ilícitos».   

 

 

 

El padrino fue D. Carlos Saenz Delcourt, coronel del regimiento Valencia. Este hombre era un militar de alto rango, que acababa de ser trasladado al norte, después de haber estado destacado en Tetuán. Con él se trasladó también, Rosendo Coll, soldado del mismo regimiento y todas las mujeres de la familia de Mesoda, su madre Reina, su hermana Semita y su hija Isabel.       

 

 

 

Cuando descubrí, que el padre de la niña era músico, la letra de Ligia Elena resonó en mi cabeza. ¿Y si la historia de Mesoda y Rosendo fuese similar a la de Ligia Elena y su trompeta? Mi lado romántico me invitaba a bailar al ritmo de la famosa canción de Rubén Blades.  La historia de la infiel y el soldado era la de un amor prohibido.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Y si esta historia tuviese otro lado, menos amable?  Mesoda era tan sólo una niña de quince años cuando se quedó embarazada ( o quizás menos) y Rosendo un soldado del ejército, mucho mayor que ella. Volvamos a la toma de Tetuán y al asombro de los soldados de O´Donell, cuando descubrieron a un grupo de hombres y mujeres, que les recibía con vivas. En este punto de la historia, vale la pena releer las palabras del cronista Pedro Antonio de Alarcón.     

 

 

 

 

 

“Las hembras llamaban, sobre todo, nuestra atención… ¡Ya veíamos mujeres! Habíalas muy bellas…, y chocábanos en particular la precoz pubertad de algunas muchachas, así como el que, tanto estas como otras mozas más formales, y hasta las mujeres hechas y derechas, estuviesen casi desnudas, especialmente de la cintura para arriba.

 

Según he sabido luego, tamaña desvergüenza es vicio inveterado de las hebreas, llevado hoy a la exageración por las de Tetuán, para afectar suma pobreza, en virtud de un miedo ruin a que las creyéramos ricas y acabásemos de robarles lo poco que, según aseguran, les han dejado los Moros…”

 

“Diario de un testigo de la Guerra de África” Pedro Antonio de Alarcón. 1859

 

 

 

 

Es evidente que esas mujeres obscenas y salvajes tenían que ser salvadas de la oscuridad y que el bautismo era el camino más recto. Cuenta la historia que desde el primer momento, las autoridades españolas se volcaron en la ayuda a la comunidad hebrea de Tetuán. La Dimna islámica les había permitido permanecer bajo la protección del Sultán, sin tener que renunciar a la práctica de su religión, desde su llegada a Tetúán. Pero a costa de ser discriminadas, por su condición de infieles. Infieles eran también para las autoridades españolas, que no ocultaban un deseo romántico de domesticarlas, a través de la religión.    

 

 

 

De hecho, la guerra de África, cuenta Isidoro González, en su libro: “El retorno de los judíos” (1991), estuvo inspirada por un espíritu evangelizador, que se materializó «en la protección dada a los hijos de madres solteras judías, con el fin de que evitar que pasasen a la comunidad hebrea,  y así ser educados en la religión católica».   El autor cita en su libro varios casos de madres, que fueron trasladadas a la Península con sus bebés, para ser bautizadas.  Este debió de ser el caso también de Mesoda y su hija. Y también el de Reina y Semita. Nuestras «megorashim» , término con el que eran conocidas las personas judías expulsadas de España, que se asentaron en el Norte de África, abrazaban por fin el catolicismo, gracias a la magnanimidad de Isabel II.    

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué fue de todas estas mujeres? Gracias a Family Search, he sabido que Rosendo Coll, su mujer Rita Manuela Ermaná (antes Mesoda) y la pequeña Isabel regresaron a Alcira, de donde él era natural. Allí, él se dedicó al oficio de sillero. Mesoda pasó a utilizar el nombre de Manuela a secas. Y sus apellidos mudaron a Hermanant Escrí. Allí nacieron también María, Purificación, Manuel y Juan.  De la madre y hermana de Mesoda, nada sé. Aunque, yo nunca me rindo. Tarde o temprano, aparecerá un hilo del que tirar.     

      

             

 

 

¿Qué sabes de la intrahistoria de las mujeres de tu familia? ¿Qué sabes de las circunstancias de su matrimonio? ¿Sus hijos e hijas fueron fruto del amor o de la violencia? ¿Hay historias de amor en tu familia, que transgredieron la norma social?       

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