EL RAQUITISMO. UN MAL DE OTROS TIEMPOS

 

 

 

Por fin  llegó agosto, así que puede que estéis disfrutando ya del sol y del agua, en algún río, piscina o a la orilla del mar. Siempre que pienso en el sol, recuerdo aquella mítica frase de Super Ratón: No olviden supervitaminarse y mineralizarse”. Definitivamente, sus rayos son fuente de vida, que ayudan al organismo a absorber  la vitamina D.

 

 

 

 

 

 

 

 

Al tiempo que me echo crema para protegerme del sol, pienso en Arbolina, una niña natural de Friol, que murió con solo dos años, allá por los años cincuenta.  La  causa de su muerte, según lo que ponía en los papeles, fue el raquitismo. De este mesmo mal, endémico en Galicia,  habían muerto antes, cientos de niños y niñas.    

 

 

 

Esta enfermedad, dicen, estaba relacionada con un déficit de vitamina D, durante el embarazo y la  lactancia y también con la escasa exposición a la luz solar.  Los niños, que padecían el «tarangaño», que así se llamaba en gallego, tenían la cabeza extrañamente grande para su edad, falta de tono muscular en las piernas, el pecho hundido, el vientre grande y abultado y dificultades para andar.  

 

 

 

Arbolina no fue capaz de sobrevivir a este mal, a pesar de vivir muy cerca del santuario de la Virgen del Ermo, en Carlín. Este lugar era la meta de un recorrido ritual, practicado desde tiempos inmemoriales.  El paseo se iniciaba en las piedras de un sarcófago, ubicado en la parroquia vecina de Trasmonte y terminaba en las de fuente de Carlín, en una especie “de oca a oca”.   El rito, descrito con detalle por el antropólogo Antonio Fidalgo Santamariña, en su libro “Antropología de una parroquia rural”, incluía piedras, agua, salmodias y la intervención obligada de una mujer, llamada María.

 

 

 

Si nuestra Arbolina hubise vivido en Barbadás, la llevarían a la piedra horadada de San Benito de Cova de Lobo, en un ritual, en el que también habría piedras, agua milagrera, la intervención de una “María” e la repetición de estas palabras: “ten conta santiño, do meu tangariño, doente cho deixo, devólvemo san”.  

 

 

 

 

 

 

 

La evidencia física de la celebración de estas ceremonias eran las ropas viejas del «entangarañado», desparramadas cerca de la fuente o de las piedras. De hecho, en la fuente de Carlín, aún hay trapos viejos, colgados de un alambre. Me pregunto, si alguno estuvo en contacto con la piel de la desgraciada niña.

 

 

 

Hubo tiempos en que la mortalidad infantil era muy alta. Por aquel entonces, una simple epidemia de gripe, las lombrices o el raquitismo aparecían como causa de muerte en los certificados, con una nota al margen que decía “párvulo”. Eran personas, obscenamente jóvenes para morir.

 

 

 

¿Qué sabes de la intrahistoria de tu familia? ¿De que morían los niños y niñas? ¿Hay algún testimonio gráfico o oral de su breve existencia? ¿Algún dolor congelada, para siempre en el alma familiar?    

 

 

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