LA NIÑA ESCLAVA . DESCOLONIZANDO MIS ARCHIVOS

La secuencia es como sigue.

 

 

Un encuentro casual con el cuadro «Grupo familiar ante un paisaje»  de Frans Hals (1645-1648), me interpela. 

      

 

Descubro que esta obra fue elegida, para publicitar la exposición temporal “Memoria Colonial”, que pudo visitarse en el Museo Thyssen Bornesmiza, en el 2024. Buceo en la web del museo y encuentro una vídeo conferencia de las historiadoras holandesas Ineke Mok y Dineke Stam, que disecciona el cuadro, aporta contexto histórico y aborda el tráfico de mano de obra esclava, desde África occidental a las distintas colonias europeas en América. 

 

 

Viajo -gracias a ellas- al Haarlem de mediados del S.XVII y consigo ponerle nombre, a cada una de las personas integrantes de ese grupo familiar.  

 

 

Ahí están Jacob Ruychaver quien había sido Gobernador de la Costa de Oro neerlandesa -actual Ghana- en dos ocasiones, su esposa Maria Hedrixs y sus hijos Geertruid y Willem, lujosamente ataviados.     

 

 

Pero también están el niño y el perro. Sin nombre. 

 

 

Los árboles genealógicos de aquella época no incluían a los animales de compañía. 

 

 

Me obsesiono con el cuadro y hago dos cosas.  

 

 

La primera: intento agendar una visita a Madrid, para poder observar esta obra, que afortunadamente forma parte de la colección permanente.

 

 

Segunda planta.

 

 

Sala 23.   

 

 

Estas son las coordenadas. 

 

 

Quiero mirar a los ojos a ese niño sombra y preguntarle cómo llegó ahí y qué hace con esa próspera familia de Haarlem.

 

 

La segunda: decido descolonizar mis archivos, siguiendo el modelo del museo.  

 

 

Creo recordar que entre mis fondos, había alguna partida bautismal que valdría la pena compartir.

 

 

Unas notas tomadas a mano apresuradamente, en el Archivo Diocesano de Santiago, que hablan de otra niña sombra.

 

 

“De nación negra y esclava”.  

 

 

 

 

Irene Antonia: una niña esclava en A Coruña del S.XVIII

 

 

 

Cien años más tarde y varios kilómetros al sur, otro grupo familiar me interpela.  

 

 

Cambio ahora los árboles y las dunas de Haarlem, por una imagen de la iglesia de Santiago, el templo más antiguo de  A Coruña. 

 

 

El conjunto, en este caso, está formado por una mujer y una niña de corta edad, enferma de viruelas, presididas por el párroco que las recibe.

 

 

No necesito preguntarle a la niña de dónde viene y cómo llego aquí.

 

 

Su partida bautismal dice claramente, que procede de Puerto Rico y que llegó a A Coruña, acompañando a Doña María de Cejudo y Aldama, viuda de Don Marcos de Bergara, quien fue coronel de los Reales Ejércitos y Gobernador del mismo Puerto Rico en el año 1766.

 

 
Irene Antonia: “En veinte y ocho de agosto de mil setecientos sesenta y nueve, yo el Licenciado Don Pedro González Cavallero, rector de las parroquias de Santiago de esta ciudad de La Coruña y San Cristobal de Viñas bapticé con agua llamada de socorro a una niña de nación negra y esclava de Maria Cejudo y Aldama, viuda de Don Marcos de Bergara, coronel de los Reales Ejércitos y Governador de Puerto Rico donde murió, por estar en peligro de muerte, precedida de las viruelas que padece y por otra asegurarme su señora su ignocencia y estar instruida en los principales misterios de la fe, púsele nombre Yrene Antonia… “ . Fuente: Libro de Bautismos de  Santiago (1717-1775) . Archivo Diocesano de Santiago    

 

 

Un largo periplo, que coincide en parte con el del niño, que me mira desde el cuadro.        

 

 

 

 

Un viaje forzado. De la Costa de Oro a la Europa Atlántica

 

 

 

En momentos distintos de la Historia, el niño y la niña son cazados como animales y arrancados por la fuerza de sus aldeas y familias.

 

 

Confinados transitoriamente en la fortaleza de Elmina, bajo supervisión holandesa entre 1589 y 1871, centro neurálgico para el comercio de esclavos y recursos en el pasado  y símbolo del extractivismo colonial, en el presente.

 

 

Después transportados como mercancía en barco, desde el Golfo de Guinea a Haarlem y a A Coruña, ella, con una breve escala en Puerto Rico.

 

 

Los dos, trofeos de caza exhibidos con orgullo, en la Europa civilizada.

 

 

 

 

El bautizo como promesa de salvación. 

 

 

 

Pero volvamos a la nuestra niña esclava, recién desembarcada en el puerto de A Coruña y enferma de viruela.

 

 

La muerte acecha.

 

 

Es entonces cuando su ama decide bautizarla, con el ánimo de «procurar la salvación de su ánima»

 

 

En caso de morir, descansará en paz y evitará para siempre el limbo: ese lugar intermedio entre el cielo y el infierno, reservado en aquella época a los niños y niñas, que morían sin haber sido bautizados.

 

 

Afortunadamente, Irene Antonia sobrevive a la enfermedad. 

 

 

 

 

Irene Vergara. De esclava a libre. 

 

 

 

Este bautizo me permite seguir la pista de la niña sombra, ahora con nombre.  

 

 

Buceando en Family Search , descubro que el juicio de testamentaria que Doña María Cejudo mantiene con su yerno por la herencia de su marido, determina que el patrimonio  de la viuda, incluye tres bienes semovientes.

 

 

Concretamente un esclavo y dos esclavas, convenientemente cristianizados, que paso ahora a inventariar, según orden de edad estimada:    

 

 

Antonia Vicenta, que será como de veinte o veintidós años, poco más o menos, de regular estatura, con una señal cicatriz en la frente de dos de largo, que cae perpendicular y remata entre las dos cejas.   

 

 

Irene, pequeña y delgada de cuerpo, que tendrá unos diez y siete años de edad

 

 

Francisco, su color negro, casi azul, de edad quince años poco más o menos, su estatura y personalidad, ahora como de cinco pies.

 

 

Continuo investigando y me alegra descubrir, que entre 1776-1777, los tres obtienen carta de libertad, “graciosamente y sin ninguna contraprestación pecuniaria a cambio”, en tres actos jurídicos independientes, celebrados ante un notario de Madrid, lugar donde reside la viuda.

 

 

En 20 de abril de 1777,  Irene es LIBRE, por fin. 

 

 

Doña María Cejudo indica que toma esta decisión, «porque esta esclava me ha servido bien y fielmente, y ha sabido por su procedimiento hacerse estimable y granjear mi voluntad», y al mismo tiempo, «por haber yo reflexionado lo gravoso de la esclavitud y lo apetecible de la libertad», así como, «por otros motivos de piedad y de afecto que me asisten».  

 

 

Por extraño que parezca, en aquellos años, el debate abolicionista estaba ya en el aire. 

 

 

Aunque hubo que esperar un siglo, para que la esclavitud se aboliese definitivamente primero en la Península (1870) y después en Puerto Rico (1873) y Cuba (1886).

 

 

Y un siglo más, para que el decolonialismo irrumpiese en nuestras vidas y nos invitase a devolverle la mirada a todos los niños y niñas sombra y decirles: «Ahora sí os veo».  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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